A menudo, si miramos a nuestro propio interior, nos preocupa no ser del todo “normales” o no serlo tanto como los demás. Nos preocupa algún rasgo de nuestra personalidad, temor, fantasía, hábito, carencia, complejo, etc. que, desde un punto de vista estrictamente racional, no parece tener suficiente lógica y nos lleva a pensar: “no es normal que yo…” o “yo debería…”

Pero: ¿qué es la normalidad? Podríamos decir que normal es todo aquello que se ajusta a unos valores o parámetros establecidos como correctos para determinados fenómenos, personas o estilos de vida. O, -siguiendo las definiciones de la RAE- aquello que ocurre siempre o habitualmente y no produce extrañeza; o aquello que consideramos lógico.

De acuerdo con estas descripciones, existen al menos dos criterios de normalidad: 

. Estadística, es decir la que se ajuste al valor medio de una población determinada.

. Normativa, es decir aquella basada en el grado de aproximación a unas normas o valores establecidos por los expertos en cada campo.

Me gustaría hacer algunas reflexiones al respecto:

. Lo “normal” no equivale, necesariamente, a lo mejor o lo más sano. Lo que hace, piensa o siente la mayoría de la gente en un contexto determinado (normalidad estadística) no significa que sea lo más inteligente ni lo más saludable. Y lo que se ajusta a unas normas o valores determinados por expertos (normalidad normativa) tampoco, ya que siempre implica un cierto grado de subjetividad y está muy relacionado con un contexto concreto (cultura, época, preferencias personales, etc.)

. En mayor o menor medida, a todos nos importa parecer “normales” para sentirnos aceptados y valorados por los demás. Nadie quiere ser un “friki”. Nuestra autoestima depende en parte de esa aceptación, real o imaginaria. Por tanto, todos intentamos revestirnos de una capa de “normalidad” y felicidad que esconda –incluso a nuestros propios ojos- nuestros “defectos”, nuestra infelicidad y todo aquello que nos avergüenza o asusta de nosotros mismos o que, creemos, pudiera trasmitir una imagen de “perdedores”. Y así es cómo nos podemos quedar atrapados en una mentira colectiva, en un círculo vicioso en el que acabemos creyendo que los demás son más normales o más felices que nosotros. Tal vez, todos deberíamos tener el coraje de acabar con esa ficción y mostrarnos más cómo somos, con nuestras luces y nuestras sombras, con nuestros defectos y con nuestras virtudes. Tal vez, así sería más fácil vivir aunque tuviéramos que aceptar que no somos tan perfectos ni la vida es tan sencilla como nos gustaría.

. Los seres humanos no somos tan diferentes unos de otros en cuanto a capacidades, necesidades, anhelos y forma de ser en general. Por algo, todos compartimos un código genético similar. Sin embargo, lo que sí son diferentes son las experiencias que cada uno ha vivido –a través de la familia, educación, entorno sociocultural, etc. -, y si éstas han favorecido o entorpecido su desarrollo personal, a veces sin que uno sea plenamente consciente de ello.

A partir de ahí, podríamos decir que no hay “frikis” ni personas anormales, raras, tontas, etc. sino personas que han vivido experiencias difíciles o incluso traumáticas y que les han dejado “cicatrices” en forma de inseguridades o problemas en algún área vital –por ejemplo, un déficit de habilidades sociales, dificultad para gestionar sus emociones, etc.-. Esas personas, a pesar de todo, han hecho lo mejor que han podido para sobrevivir dignamente, en algunos casos realizando esfuerzos ejemplares. A otros que hubieran vivido sus mismas circunstancias, no les hubiera resultado más fácil.  Por tanto, no hay nada de qué avergonzarse. En todo caso, puede haber cosas para trabajar, para cambiar, para mejorar.

Josep Planas – psicologos Oviedo