“La gente no puede descubrir nuevas tierras hasta que tenga el valor de perder de vista la orilla” (André Gide)

Lo que llamamos “zona de confort” viene a ser una especie de burbuja invisible que nos hemos ido construyendo a lo largo de los años, y dentro de la cual nos sentimos seguros. En ella están nuestras creencias, nuestras rutinas y nuestros hábitos.

Dentro de esa “zona”, nos sentimos cómodos y protegidos. Lo que en ella sucede, bueno o malo, agradable o desagradable, nos es familiar, nos resulta predecible. Fuera de estos límites, está lo desconocido, todo un mundo nuevo a explorar.

Como un niño pequeño que se siente inseguro si se aleja demasiado de su mamá, sentimos miedo si nos alejamos demasiado de nuestras seguridades, de nuestras rutinas, de la parcela de mundo que conocemos, pero…

. Dentro de la zona de confort no se produce ningún crecimiento. Es más, si nos acomodamos demasiado a ella, ésta tiende a contraerse, a hacerse más pequeña. Y, entonces, cada vez son menos los espacios –físicos y mentales- en los que nos sentimos seguros. Nuestra vida se empobrece, se vuelve más y más limitada.

. En ella hay cosas buenas – situaciones, creencias y hábitos que potencian nuestro bienestar-, y otras negativas, que nos hacen daño y nos limitan. Por ejemplo, puede haber hábitos saludables como hacer deporte y comer sano junto con otros nocivos como fumar o abusar del alcohol. O creencias que potencian nuestra autoestima junto con temores irracionales, prejuicios, etc.

Todos nosotros libramos una especie de batalla entre la búsqueda de seguridad y el deseo de aventura, entre lo conocido y lo nuevo, entre salir de la zona de confort o quedarnos anclados en ella. Del resultado de esta lucha, sentiremos que nuestra vida progresa o se queda estancada.

Josep Planas – psicólogos Oviedo