La inteligencia emocional representa el 80 por ciento del éxito en la vida (Daniel Goleman)

Hasta no hace tanto tiempo, la única medida de la inteligencia de una persona se basaba en su Coeficiente intelectual (CI). Se consideraba un buen predictor de su éxito en la vida, pese a que en la práctica los resultados contradecían a menudo esas previsiones. Es decir, un CI más alto no indicaba necesariamente tener las capacidades y habilidades requeridas para una vida más feliz y exitosa.

Poco a poco, fueron apareciendo otras teorías, como la de las “inteligencias múltiples” de Howard Gardner, precursoras del nuevo concepto de “inteligencia emocional” de Daniel Goleman, que abarca mucho más que la mera capacidad intelectual de una persona.

Podemos definir la inteligencia emocional básicamente como la capacidad para comprender y gestionar mejor nuestras propias emociones, saber motivarnos e interactuar adecuadamente con los demás.

Abarca los siguientes conceptos:

  • Conciencia de nuestras emociones.

Tener la habilidad de reconocer y entender nuestras propias emociones. Es fundamental para poder analizar lo que nos pasa y vincularlo correctamente con hechos externos y/o nuestro propio diálogo interior (pensamientos y creencias). Si no somos capaces de hacerlo, nos quedaremos atrapados en ellas o las gestionaremos de forma inadecuada.

  • Capacidad de regular y gestionar nuestras emociones.

Es decir, de buscarles salidas constructivas que potencien nuestro bienestar y nuestra adaptación al entorno, en lugar de dejarnos arrastrar por ellas y actuar impulsivamente o reprimirlas.

Por ejemplo, si estoy enfadado: saber hallar las causas reales de este enfado y actuar de la forma más apropiada de acuerdo con el contexto. Unas veces, podrá ser reclamar un derecho; otras, intentar calmarme o darme tiempo para analizar más a fondo la situación, etc.

Para ello es importante, una vez identificada la emoción o emociones: a) Ser capaces de detectar también y cuestionar los pensamientos automáticos vinculados a ella/s (aquello que nos decimos a nosotros mismos en una situación determinada),    b) Poseer habilidades asertivas y de resolución de conflictos.

La buena o mala gestión de nuestras emociones, viene reflejada en los resultados prácticos obtenidos más que por nuestras propias creencias acerca de lo que es correcto o no, de lo que es justo o no. Después de una acción determinada, pregúntate: ¿la situación, en términos generales, ha mejorado o ha empeorado?, ¿ha empeorado puntualmente pero probablemente mejorará a medio o largo plazo?, ¿me siento mejor o peor?, etc.

  • Capacidad de motivarnos a nosotros mismos.

Para conseguir metas u objetivos determinados. Y para recuperarnos más fácilmente de contratiempos y adversidades.

Son factores clave de esta habilidad:  a) La capacidad de postergar los impulsos y retrasar la gratificación a corto plazo para conseguir objetivos a medio o largo plazo más valiosos,    b) Saber fijarnos objetivos ni demasiado sencillos ni excesivamente ambiciosos o difíciles,   c) Saber aprovechar oportunidades, movilizarnos, operar más desde la expectativa del éxito que desde el miedo al fracaso,   d) Sentirnos capaces de conseguir las metas elegidas,      e) Ser persistentes y, al mismo tiempo, lo bastante flexibles para encontrar si es preciso formas diferentes de alcanzar nuestros objetivos,    f) Saber descomponer una tarea compleja en otras más sencillas.

  • Empatía.

Se puede definir como la capacidad de ponernos en el lugar del otro, de reconocer y comprender sus emociones y su manera de ver las cosas; y de experimentar en alguna medida lo que siente, y acompañarlo en este proceso.

Son factores clave de esta habilidad;    a) Tener la calma y receptividad necesaria, para dejar en suspensión nuestros propios juicios, nuestro propio “ruido mental” y situarnos en la perspectiva del otro en un momento dado,    b) Saber captar las señales sutiles de los mensajes no verbales que hay detrás del discurso de la otra persona.

Las raíces de la empatía se sitúan, al parecer, en la temprana relación madre-hijo. Si ese vínculo se desarrolla con normalidad, se genera en el niño la sensación de que los demás pueden y quieren compartir sus sentimientos y, más adelante, será capaz de hacer lo mismo con los demás.

  • Habilidades sociales.

Constituyen aquel conjunto de capacidades que nos permiten relacionarnos de forma sana y equilibrada con las personas que nos rodean.

Son factores clave:  a) Los componentes de la inteligencia emocional ya mencionados,     b) La asertividad y la capacidad de comunicarnos de forma eficaz,    c) La habilidad para solucionar problemas y conciliar diferencias.

No debemos confundir las habilidades sociales con la manipulación de los demás.

Independientemente del grado en que cada uno posea estos cinco componentes de la inteligencia emocional, éstos se pueden potenciar y mejorar con un entrenamiento adecuado.

Josep Planas, psicólogos oviedo